
Haga el ejercicio con su propio equipo: multiplique los cursos que atiende cada docente por los estudiantes de cada curso y por las evaluaciones de un semestre. El resultado es una montaña de pruebas que se corrige de noche, los fines de semana o en las horas que debieran destinarse a planificar.
Ese costo es silencioso porque no aparece en ningún presupuesto, pero se paga igual: en retroalimentaciones que llegan tarde, en análisis que nunca se hacen porque la energía se agotó en revisar, y en el desgaste de profesionales que dedican su tiempo más escaso a una tarea mecánica. Lo paradójico es que la corrección manual de una prueba de alternativas no agrega ningún valor pedagógico: es puro procedimiento.
La discusión sobre el uso del tiempo docente lleva años en la agenda educativa, y los colegios no controlan todas sus variables. Pero esta sí: la corrección de pruebas objetivas puede automatizarse hoy, devolviendo esas horas a la enseñanza.
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