
Existe un prejuicio extendido: que las pruebas de alternativas solo miden memorización, y que las habilidades de orden superior exigen otros formatos. La realidad es más matizada: el límite no está en el formato, sino en el diseño de la pregunta.
Una pregunta que entrega una tabla de datos y pide concluir qué afirmación se sostiene, exige análisis. Una que presenta un experimento y pregunta qué variable falta controlar, exige pensamiento científico. Una que muestra dos fuentes que se contradicen y pide identificar el punto de desacuerdo, exige lectura crítica. Todas son de alternativas, y las grandes evaluaciones internacionales las usan hace décadas.
El formato de alternativas aporta además algo que otros formatos no dan a la misma escala: corrección objetiva e inmediata y datos comparables curso a curso. La combinación razonable no es elegir un bando, sino usar cada formato para lo que rinde mejor, y exigirles a las preguntas cerradas la misma ambición cognitiva que al resto.
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