
Después de la suspensión por la pandemia, este año el SIMCE volverá a aplicarse. Para los colegios, el anuncio tiene una implicancia práctica inmediata: los niveles evaluados enfrentarán una medición censal externa después de un largo paréntesis, y en un momento en que los aprendizajes vienen golpeados por dos años excepcionales.
Frente a eso, la herramienta clásica sigue vigente: el ensayo interno. Aplicar instrumentos con formato similar al SIMCE cumple una doble función. A los estudiantes los familiariza con el tipo de prueba —muchos de los que la rendirán este año nunca han enfrentado una medición de este tipo—. Al equipo docente le entrega un panorama anticipado: qué ejes y habilidades están descendidos y dónde enfocar el trabajo de los meses que restan.
La clave está en el análisis posterior. Un ensayo cuyos resultados se archivan sin discusión es tiempo perdido; uno que se analiza por eje, habilidad y pregunta orienta el trabajo del semestre completo.
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